
Los hombres hacen una secuencia de pasos,
un ritmo de pisadas.
Van y vienen...
y otra vez van.
Siguen hundiendo sus plantas en la tierra,
sin mirar qué han pisado,
sin quedarse en la huella que han marcado.
Se desplazan.
Agitan sus piernas.
Apuran un pie...
el otro pie se inquieta.
Los hombres llevan una urgencia de pisadas.
No perciben,
no sienten el viento que crea el batir de su andar,
el polvo que levanta
y pincela una danza en torno a sus tobillos,
la música que nace
del vacío golpe sobre la tierra,
el eco que se expande
dibujando ondas en la corteza...
hasta otros sitios,
donde otros hombres caminan igual.
Si enlazaran su conciencia a sus plantas...
todos los vientos entre sus piernas,
todos los polvos danzando en sus tobillos,
todas las melodías de sus pisadas...
Uno sería el paso,
uno el camino,
uno el golpe y el latido...
para volver a parir el Uno que fuimos.
Patricia Mangone

Hasta que dos se detienen se miran y cuando se dan cuenta de que el otro es el camino .
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